CUÁNDO TODAVÍA NO SABÍA LO QUE ERA
La verdad es que nunca tuve nada en contra del fitness.
Tampoco tengo nada en contra de la gimnasia competitiva. De hecho, me encantaba competir. Lo encontraba entretenido. Me gustaba entrenar duro, progresar, superar desafíos y presentarme frente a un público.
Pero había algo más. Algo más allá del movimiento deportivo o de entrenamiento.
Siempre me había gustado la danza y la corporalidad creativa.
Cuando salí del colegio, lo único que me motivada realmente para estudiar después era danza, pero entre expectativas familiares, la preocupación por la estabilidad económica y mi personalidad muy aplicada, terminé tomando otro camino. Fui de esas alumnas que sacaban buenas notas, que cumplían, que elegían lo que parecía más razonable.
Y así estudié Derecho. Durante mucho tiempo pensé que esa era mi identidad.
Me titulé, trabajé en estudios jurídicos y avancé en una carrera que, desde afuera, parecía tener sentido. Incluso después, cuando me alejé del ejercicio tradicional de la profesión, seguí moviéndome en espacios del derecho: conservación ambiental, políticas públicas, proyectos vinculados al deporte y la protección de espacios naturales de alta calidad para la práctica deportiva.
Hoy, mirando hacia atrás, veo algo curioso. Aunque cambiaba de trabajo y de proyectos, siempre terminaba orbitando alrededor de lo mismo: el cuerpo, el movimiento, el deporte, la naturaleza y la experiencia humana.
Había un hilo conductor que yo todavía no era capaz de nombrar.
Mientras tanto, la danza seguía apareciendo en mi interior. Como una insistencia. Como una puerta que nunca terminaba de cerrarse. Mucho tiempo me pregunté si era una obsesión, como una deuda que seguía pendiente conmigo misma, o algo real que me sucedía.
EL DESCUBRIMIENTO DE LA ENSEÑANZA
Jamás pensé que terminaría fundando una escuela, un centro de movimiento.
Todo empezó a cambiar en Puertecillo, hace 6 años atrás.
Cuando me fui para la pandemia a vivir allá en la playa, la gimnasia apareció casi como una solución práctica para generar ingresos. Pero ocurrió algo inesperado: las alumnas empezaron a llegar, y después llegaron más, y después más. Las niñas disfrutaban las clases. Los apoderados se quedaban mirando. Empecé a recibir comentarios, mensajes y recomendaciones. Sin planearlo demasiado, descubrí algo que no sabía que tenía: vocación para enseñar.
Terminé con un grupo de 40 niñas en una comuna que no tenía trayectoria deportiva de gimnasia, y llegamos a organizar el primer campeonato de gimnasia artística de Navidad.
Comencé a entender que no solamente disfrutaba moverme: disfrutaba también acompañando a otras personas en su proceso.
"LA" DECISIÓN
Y a pesar de todo, seguía dudando. Yo era abogada. No profesora. Tampoco artista.
Por eso, en 2024, tomé una decisión importante. Después de un buen período de trabajo, junté dinero y me fui dos meses a Europa. Necesitaba comprobar algo: saber si esta obsesión con la danza, el movimiento y la exploración corporal era real o era simplemente una fantasía. En el viejo continente, tomé algunos intensivos en danza contemporánea y volví a conectar con la expresión corporal. Observé a personas que habían dedicado su vida a la danza y al movimiento. Y la llama volvió a encenderse.
Cuando regresé ya no era la misma.
Había dejado de cuestionarme si quería dedicarme a esto, o si esto era real. Y, en cambio, apareció la determinación de ya no postergarlo más.
Poco después apareció una oportunidad extraordinaria: un inversionista me ofreció construir un gimnasio para desarrollar mi trabajo en Puertecillo. Era una oferta difícil de rechazar y durante semanas estuve dividida. Pero mi vida me estaba pidiendo moverme. Mi etapa en Puertecillo había terminado. Así que rechacé la oferta y me vine a Santiago, esta vez, sabiendo perfectamente lo que quería.
Luego de varios meses de búsqueda, construimos la Escuela en el espacio que tenemos hoy.
¿POR QUÉ UNA ESCUELA?
Para mí el movimiento nunca se trató solamente de verse bien. He practicado surf, escalada, snowboard, y yoga, entre otros. Claro que me gusta sentirme fuerte y saludable, y claro que disfruto habitar un cuerpo capaz y entrenado. En Mandakini, de hecho, el cuerpo también se fortalece, se afina y se vuelve más bello. Pero eso es consecuencia, no propósito.
El propósito es otro.
El cuerpo es un mapa. Es una fuente de información extraordinaria sobre ti mismo. Aprender a moverse con conciencia es aprender a leer ese mapa. Es desarrollar una forma de auto observación: conocerme lo suficiente para comprenderme mejor, y saber quién soy y qué necesito, cuándo y por qué.
Eso se aprende con una relación que se construye entre tú y tu cuerpo, semana a semana. A mí me interesa la relación que una persona construye con su cuerpo a lo largo de toda una vida.
EL PRIMER HOGAR
Naciste en un cuerpo, y te vas a morir despidiéndote de él. Todo lo que vives, lo vives dentro de ese cuerpo: cada emoción, cada dolor, cada momento de goce. Y, sin embargo, la mayoría de nosotras llegamos a la adultez sin haber aprendido a escucharlo. Lo empujamos, lo ignoramos, lo corregimos según lo que el mercado dice que debería ser.
Pero el cuerpo no es solamente algo que entrenamos. Es el lugar desde donde vivimos, desde donde sentimos, nos expresamos, creamos y atravesamos toda la experiencia humana.
Un estudio de fitness puede ayudarte a transformar tu cuerpo. Una escuela puede enseñarte a habitarlo. A escucharlo, a confiar en él, y, en consecuencia, a confiar en ti misma.
Piénsalo así: ¿cuántas veces has dejado de hacer algo no porque no podías, sino porque no te sentías capaz en tu cuerpo? Meterte al agua a surfear. Subir un cerro. Quedarte en pana en la carretera y cambiar la rueda tú sola. Caminar segura de noche porque sientes que tus piernas son fuertes y te van a sostener. Esa seguridad no viene de verte bien en el espejo. Viene de saber lo que tu cuerpo puede hacer.
La Escuela Mandakini es más que un gimnasio convencional: es un centro de exploración corporal. Un espacio de disfrute y crecimiento. Venimos a volver al cuerpo que hemos ignorado, exigido y racionalizado, para aprender a usarlo como compañero de atrevimiento, de juego, de vida.
A tonificar el cuerpo, sí, pero también a ser soberanas de nuestro propio territorio.
Porque el cuerpo no es un problema a resolver ni un objeto a moldear.
Es el primer hogar que tuviste… Y el último que tendrás.
La verdad es que nunca tuve nada en contra del fitness.
Tampoco tengo nada en contra de la gimnasia competitiva. De hecho, me encantaba competir. Lo encontraba entretenido. Me gustaba entrenar duro, progresar, superar desafíos y presentarme frente a un público.
Pero había algo más. Algo más allá del movimiento deportivo o de entrenamiento.
Siempre me había gustado la danza y la corporalidad creativa.
Cuando salí del colegio, lo único que me motivada realmente para estudiar después era danza, pero entre expectativas familiares, la preocupación por la estabilidad económica y mi personalidad muy aplicada, terminé tomando otro camino. Fui de esas alumnas que sacaban buenas notas, que cumplían, que elegían lo que parecía más razonable.
Y así estudié Derecho. Durante mucho tiempo pensé que esa era mi identidad.
Me titulé, trabajé en estudios jurídicos y avancé en una carrera que, desde afuera, parecía tener sentido. Incluso después, cuando me alejé del ejercicio tradicional de la profesión, seguí moviéndome en espacios del derecho: conservación ambiental, políticas públicas, proyectos vinculados al deporte y la protección de espacios naturales de alta calidad para la práctica deportiva.
Hoy, mirando hacia atrás, veo algo curioso. Aunque cambiaba de trabajo y de proyectos, siempre terminaba orbitando alrededor de lo mismo: el cuerpo, el movimiento, el deporte, la naturaleza y la experiencia humana.
Había un hilo conductor que yo todavía no era capaz de nombrar.
Mientras tanto, la danza seguía apareciendo en mi interior. Como una insistencia. Como una puerta que nunca terminaba de cerrarse. Mucho tiempo me pregunté si era una obsesión, como una deuda que seguía pendiente conmigo misma, o algo real que me sucedía.
EL DESCUBRIMIENTO DE LA ENSEÑANZA
Jamás pensé que terminaría fundando una escuela, un centro de movimiento.
Todo empezó a cambiar en Puertecillo, hace 6 años atrás.
Cuando me fui para la pandemia a vivir allá en la playa, la gimnasia apareció casi como una solución práctica para generar ingresos. Pero ocurrió algo inesperado: las alumnas empezaron a llegar, y después llegaron más, y después más. Las niñas disfrutaban las clases. Los apoderados se quedaban mirando. Empecé a recibir comentarios, mensajes y recomendaciones. Sin planearlo demasiado, descubrí algo que no sabía que tenía: vocación para enseñar.
Terminé con un grupo de 40 niñas en una comuna que no tenía trayectoria deportiva de gimnasia, y llegamos a organizar el primer campeonato de gimnasia artística de Navidad.
Comencé a entender que no solamente disfrutaba moverme: disfrutaba también acompañando a otras personas en su proceso.
"LA" DECISIÓN
Y a pesar de todo, seguía dudando. Yo era abogada. No profesora. Tampoco artista.
Por eso, en 2024, tomé una decisión importante. Después de un buen período de trabajo, junté dinero y me fui dos meses a Europa. Necesitaba comprobar algo: saber si esta obsesión con la danza, el movimiento y la exploración corporal era real o era simplemente una fantasía. En el viejo continente, tomé algunos intensivos en danza contemporánea y volví a conectar con la expresión corporal. Observé a personas que habían dedicado su vida a la danza y al movimiento. Y la llama volvió a encenderse.
Cuando regresé ya no era la misma.
Había dejado de cuestionarme si quería dedicarme a esto, o si esto era real. Y, en cambio, apareció la determinación de ya no postergarlo más.
Poco después apareció una oportunidad extraordinaria: un inversionista me ofreció construir un gimnasio para desarrollar mi trabajo en Puertecillo. Era una oferta difícil de rechazar y durante semanas estuve dividida. Pero mi vida me estaba pidiendo moverme. Mi etapa en Puertecillo había terminado. Así que rechacé la oferta y me vine a Santiago, esta vez, sabiendo perfectamente lo que quería.
Luego de varios meses de búsqueda, construimos la Escuela en el espacio que tenemos hoy.
¿POR QUÉ UNA ESCUELA?
Para mí el movimiento nunca se trató solamente de verse bien. He practicado surf, escalada, snowboard, y yoga, entre otros. Claro que me gusta sentirme fuerte y saludable, y claro que disfruto habitar un cuerpo capaz y entrenado. En Mandakini, de hecho, el cuerpo también se fortalece, se afina y se vuelve más bello. Pero eso es consecuencia, no propósito.
El propósito es otro.
El cuerpo es un mapa. Es una fuente de información extraordinaria sobre ti mismo. Aprender a moverse con conciencia es aprender a leer ese mapa. Es desarrollar una forma de auto observación: conocerme lo suficiente para comprenderme mejor, y saber quién soy y qué necesito, cuándo y por qué.
Eso se aprende con una relación que se construye entre tú y tu cuerpo, semana a semana. A mí me interesa la relación que una persona construye con su cuerpo a lo largo de toda una vida.
EL PRIMER HOGAR
Naciste en un cuerpo, y te vas a morir despidiéndote de él. Todo lo que vives, lo vives dentro de ese cuerpo: cada emoción, cada dolor, cada momento de goce. Y, sin embargo, la mayoría de nosotras llegamos a la adultez sin haber aprendido a escucharlo. Lo empujamos, lo ignoramos, lo corregimos según lo que el mercado dice que debería ser.
Pero el cuerpo no es solamente algo que entrenamos. Es el lugar desde donde vivimos, desde donde sentimos, nos expresamos, creamos y atravesamos toda la experiencia humana.
Un estudio de fitness puede ayudarte a transformar tu cuerpo. Una escuela puede enseñarte a habitarlo. A escucharlo, a confiar en él, y, en consecuencia, a confiar en ti misma.
Piénsalo así: ¿cuántas veces has dejado de hacer algo no porque no podías, sino porque no te sentías capaz en tu cuerpo? Meterte al agua a surfear. Subir un cerro. Quedarte en pana en la carretera y cambiar la rueda tú sola. Caminar segura de noche porque sientes que tus piernas son fuertes y te van a sostener. Esa seguridad no viene de verte bien en el espejo. Viene de saber lo que tu cuerpo puede hacer.
La Escuela Mandakini es más que un gimnasio convencional: es un centro de exploración corporal. Un espacio de disfrute y crecimiento. Venimos a volver al cuerpo que hemos ignorado, exigido y racionalizado, para aprender a usarlo como compañero de atrevimiento, de juego, de vida.
A tonificar el cuerpo, sí, pero también a ser soberanas de nuestro propio territorio.
Porque el cuerpo no es un problema a resolver ni un objeto a moldear.
Es el primer hogar que tuviste… Y el último que tendrás.