Estudié derecho en la Universidad Católica. Siempre había sido una alumna aplicada, muy humanista, y estudiar esa carrera se vio como el paso obvio a seguir. Y la verdad, derecho me gustó, hasta que llegué a los últimos años y empecé a cuestionarme por primera vez qué significaba esto en la vida real. Y entonces empezó la crisis.

En forma paralela, siempre estuve enamorada del movimiento.

Empecé practicando gimnasia artística a los 12 años, convencida por una amiga que me motivó a inscribirnos en los entrenamientos del colegio. No estaba muy segura al principio. Pero tuve un verdadero flechazo. Me enamoré rápidamente, destaqué en varias competencias, entré a la selección del Stadio Italiano a los 18 años, y viajé a Suiza para representar a Chile en la Gymnaestrada Mundial del 2011 —una de las experiencias más alucinantes de mi vida.

Una vez que dejé la gimnasia, a mis 23 años, comencé a escalar. Siempre digo que no solté una liana sin agarrar la otra, porque fue gracias a la escalada que pude asumir que mi etapa en la gimnasia competitiva había llegado a su fin, y seguir moviéndome en algo que también me apasionara.

También practico snowboard desde los 15 años, y surf desde los 18. El océano me cautivó desde que era una niña. Me regalaron mi primera tabla a los 20 años, y desde ahí que nunca más paré. Hoy surfear es una de mis mayores pasiones.

El movimiento fue siempre el hilo. Pero aún no entendía para qué.


Cuando salí de la universidad, llegó la crisis de verdad. De esas crisis profundas, de identidad, de las elecciones que había tomado, de quién era. Me desconocía. Y puedo decir que, en parte, me despreciaba. Sentía envidia de quienes se dedicaban al movimiento y habían elegido un camino más libre y auténtico.

Trabajé en un estudio de abogados y a medida que pasaba el tiempo la pregunta se volvía más urgente: ¿por qué había elegido este camino? Mis estudios habían sido sobresalientes: ¿iba a tirar todo eso por la borda? ¿Tanto esfuerzo para nada? O peor: ¿tanto esfuerzo para ser sólo eso?

Le eché la culpa a otros, a mis papás, a la sociedad. Sin responsabilizarme de algo que luego comprendí: cuando tomé estas decisiones, no me conocía lo suficiente a mí misma. Ni tenía el coraje para ser auténtica.

Hoy entiendo que haber estudiado derecho fue necesario para mi evolución y propósito. Pero en ese momento, no lo veía.


Después de dos años como abogada en Santiago, renuncié y me fui a surfear a Indonesia, a las islas Mentawais.

Ahí ocurrió algo que todavía me parece revelador. Cada persona que no me conocía y me preguntaba a qué me dedicaba, recibía la misma respuesta de mi parte, espontánea, sin pensarla: "Soy instructora de movimiento."

Ni yo sabía por qué daba esa respuesta. Me salía del alma.

Cuando volví, al poco andar llegó la pandemia. Sin poder salir hacia afuera, la necesidad del movimiento me llevó hacia adentro. Descubrí el Yoga Ashtanga, que practiqué casi todos los días durante meses.

Y ahí surgió la primera semilla de lo que hoy es Mandakini.

Me atreví a abrir una cuenta de Instagram. Subía posts inspiracionales y videos de mí misma bailando en distintos rincones de mi casa, con música que —siempre dije— me elegía a mí más que yo a ella. Surgió de la nada. Comencé también a cantar. Compuse algunas canciones. Hice talleres online para que la gente bailara en sus casas (con un audio horrible, lo admito).

Digo "me atreví" porque lo hice con miedo, insegura, pensando en el qué dirían ex-parejas, colegas de derecho, amigos de toda la vida. Pero lo hice porque no pude no hacerlo. Fue la respuesta ilógica, espontánea y liberadora a una necesidad de expresión artística que me habitaba (¡y que estaba contenida dentro de una casa de la que no podía salir!).

Así es cómo nace Mandakini: La Performance.


Después de unos meses sin aguantar más el encierro, me fui a vivir fuera de Santiago. Llegué a Puertecillo, un pequeño pueblo costero de la zona centro-sur de Chile, donde me terminaría quedando por cinco años. Trabajé en derecho (medioambiental, impulsando la Ley de Rompientes para Chile, y también inmobiliario, en proyectos particulares) para ganarme la vida, mientras surfeaba la ola de mis sueños todos los días.

Un día, algunas personas del pueblo empezaron a decirme: "Mane, tienes que hacer clases de gimnasia. Acá no hay muchas actividades extraprogramáticas y a los niños les haría increíble."

Me lancé. Cinco niñas, luego diez. Me extendí a Matanzas. Sin pensarlo ni preverlo, me fui por un tubo. Llegué a tener 40 alumnas regulares, a formar más de 120 en total, y a crear el primer campeonato de deportes artísticos de la comuna de Navidad el 2024, junto con la Municipalidad. Un hito histórico para esa localidad. Y uno que yo jamás olvidaré.

Había nacido Mandakini: La Escuela.


En 2025 volví a Santiago. Me costó despedirme. Muchos me preguntan por qué dejé un lugar tan paradisíaco. Las razones son varias, pero la principal es que me sentía sola, y extrañaba mis amigos, el movimiento de la ciudad y mis profesores de baile.

Sí me traje un tremendo regalo de vuelta: una determinación que no tenía antes. Una pasión que siempre fue más fuerte que cualquier excusa que le diera para no practicarla. Una visión que se había ido forjando, y que se volvió más cierta que cualquier duda que pudiera cuestionarla.

Me certifiqué en danza (ballet, danza moderna y contemporánea), cumpliendo uno de los sueños de mi vida. Y empecé a buscar espacios.

No fue fácil. Choqué de cara con todo el cemento de la selva babilónica, con la aspereza de los tratos, con la estrechez del espacio comparado al campo. Pero no me detuve. Sabía exactamente a qué había vuelto.

La visión ya era clara.


Hoy estamos cumpliendo un sueño: tenemos nuestro propio espacio de práctica.

Un espacio para entrenar, explorar y crear. Un espacio donde podemos soñar y ser nosotros mismos. Para dejar de avergonzarme de mi cuerpo y vivirlo en libertad. Para hacernos amigos de él y conocerlo, porque al final nacemos en un cuerpo y cuando morimos lo dejamos. Es nuestro primer y último compañero.

Aunque mi vida pueda parecer miscelánea (gimnasia, derecho, surf, escalada, danza, música, naturaleza, poesía) hoy entiendo que no lo es. Hay un hilo conductor claro en todo esto: el cuerpo como territorio de conocimiento y como exploración del espíritu.

Eso es lo que hace que Mandakini tenga alma y no sea simplemente otro gimnasio más. Mandakini es un movimiento que se vuelve portal de transformación interior. No sólo te invita a moverte y a entrenar, sino también a vivir el cuerpo —y en última instancia, a ti mismo— con verdad y con sentido.

Bienvenidos al viaje.

Manuela Barros, fundadora Mandakini Movimiento